A veces me pregunto qué guardan tus ojos cuando miras el mundo, si todavía buscas respuestas en las cosas pequeñas o si ya has descubierto que las preguntas más grandes suelen esconderse en los rincones más pequeños. Cuando eras más chiquilla, el universo cabía en tus manos. Bastaba una sombra para inventar un monstruo, una mariposa para detener la tarde, una pregunta para poner en aprietos todas mis certezas. Yo respondía como podía, con esa autoridad improvisada de las madres que desean proteger a sus hij@s incluso de aquello que ellas mismas no comprenden.

Ahora sé que no tenía todas las respuestas. Quizá ninguna madre las tenga. Nos pasamos la vida intentando descifrar el mundo para entregárselo a nuestros hij@s un poco menos misterioso, sin advertir que cada generación tendrá que inventar su propia manera de habitarlo.

Quisiera explicarte, hija mía, que la existencia no obedece siempre a una geometría perfecta.

Hay días que avanzan en línea recta y otros que regresan sobre sus pasos; hay recuerdos que nos empujan hacia delante y esperanzas que nos hacen volver a empezar. A veces creemos estar llegando a alguna parte y descubrimos, de pronto, que solamente hemos aprendido a mirar desde otro lugar.

No te asustes si un día tus ideas se contradicen. La inteligencia no consiste en permanecer inmóvil dentro de una certeza, sino en tener el valor de revisarla. Tampoco confundas la bondad con la obligación de complacer a todos. Puedes ser generosa sin entregarte al abuso, comprensiva sin renunciar a tus principios, dulce sin permitir que nadie convierta tu ternura en una debilidad.

Quisiera darte algo más que mis consejos. Los consejos envejecen, las circunstancias cambian y hasta las verdades que hoy parecen indiscutibles pueden revelarnos mañana una grieta. Preferiría dejarte una mirada despierta, una conciencia capaz de distinguir entre lo justo y lo conveniente, entre la voz que te acompaña y aquella que pretende decidir por ti.

Porque el mundo, hija, no siempre recompensa lo que merece ser recompensado. Hay manos honradas que regresan vacías y manos codiciosas que se llenan con lo ajeno. Hay personas que confunden el ruido con la razón y la apariencia con la grandeza. No permitas que esas injusticias te convenzan de que obrar bien es una ingenuidad. La decencia no necesita testigos para conservar su valor.

Y, sin embargo, tampoco quiero que vivas a la defensiva, como si cada rostro escondiera una amenaza. La desconfianza puede protegernos de ciertos golpes, pero también puede cerrarnos las puertas por las que habría entrado la felicidad. Aprende a observar, a escuchar, a reconocer los hechos; y después, cuando tu juicio haya encontrado un poco de claridad, atrévete a confiar.

Habrá amores que te hagan reír hasta olvidar la hora y otros que te enseñen, con una tristeza inesperada, cuánto desconocías de ti misma. No midas el valor de un sentimiento solamente por su duración. Algunas personas permanecen muchos años sin conocernos de verdad; otras pasan brevemente por nuestra vida y nos dejan un recuerdo que nos acompaña para siempre.

Ama, hija mía, pero no hagas de nadie el dueño de tu conciencia. No confundas la entrega con el sacrificio permanente ni la fidelidad con la renuncia a tu propia voz. El amor digno no necesita empequeñecerte para sentirse grande. Quien te quiera de verdad no tendrá que apagar tu luz para reconocer la suya.

También quiero que aprendas a perdonarte. No serás siempre la mujer que hoy imaginas, ni todas tus decisiones te conducirán adonde esperabas. Algunas equivocaciones te avergonzarán; otras, con los años, te parecerán necesarias para comprender lo que entonces no podías ver. No te condenes por haber sido distinta en otro tiempo. Crecer también consiste en reconciliarse con la persona que fuimos.

Yo no podré acompañarte en cada habitación de tu futuro. Habrá puertas que abrirás sin mi consejo, noches en las que no sabré qué decirte y tristezas para las que mi abrazo no encontrará remedio. Esa es una de las verdades más difíciles de la maternidad: amar profundamente a alguien y comprender, al mismo tiempo, que su vida no nos pertenece.

Pero si alguna vez dudas de lo que significas para mí, recuerda que antes de que supieras pronunciar mi nombre ya existía en mí una forma de amor que no necesitaba definiciones. Te he amado en tus alegrías y en tus incertidumbres, en tus aciertos y en esos días en que quizá ni tú misma hayas sabido reconocerte.

No quiero que vivas para cumplir mis expectativas, ni que conviertas mis deseos en una deuda. Mi mayor esperanza no es que te parezcas a mí, sino que llegues a conocerte lo suficiente para vivir sin traicionarte. Que encuentres tu propia esencia, que defiendas tu dignidad y que nunca tengas que pedir perdón por pensar, sentir o elegir con libertad.

Y cuando los años hayan cambiado nuestros rostros, cuando ciertas palabras hayan perdido su significado y otras adquieran una profundidad que hoy no imaginamos, quizá descubramos que la vida no era aquella respuesta definitiva que buscábamos, sino todo lo que fuimos capaces de comprender mientras la pregunta permanecía abierta.

Por eso, hija mía, no te prometo un camino sin espinas. Te deseo algo más verdadero: la lucidez para reconocerlas, la fortaleza para atravesarlas y la sensibilidad para no convertirte en una espina para los demás.

Si algún día plantas algo —un árbol, una idea, una amistad, una esperanza—, cuídalo sin exigirle que crezca a tu ritmo. Dale espacio, paciencia y la oportunidad de encontrar su propia forma. Hay semillas que necesitan muchas estaciones antes de revelar lo que guardan.

Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que puedo dejarte: no todo lo importante sucede cuando lo esperamos, ni todo lo que tarda está perdido.

Y si al final de mis días alguna enseñanza permanece contigo, quisiera que fuera esta: que no necesitas comprender por completo el misterio de la vida para vivirla con nobleza; que puedes sentir miedo y aun así avanzar, equivocarte y aun así merecer la ternura del aplauso, perder algo amado y aun así encontrar motivos para agradecer y seguir adelante.

Porque mi amor por ti no pretende enseñarte a evitar todas las caídas. Quisiera enseñarte, sencillamente, que tu vida es tuya, que merece ser vivida con conciencia y que, incluso en sus días más inciertos, siempre habrá una posibilidad de comenzar de nuevo.

Y mientras esa posibilidad exista, hija mía, no dejes de florecer.

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Comentarios

Chiara Piero
hace 2 horas

Che meravigliosa riflessione! Essere madre significa anche imparare a lasciare andare, ad avere fiducia e a permettere ai propri figli di trovare la loro strada. Una lettera colma d’amore. Complimenti, amica mia Ramonika!

Olga María Cabrera
hace una hora

He disfrutado muchísimo leyendo estas palabras. No son solo es un mensaje de madre a hija; es una reflexión preciosa sobre la libertad, las decisiones que vamos tomando y la responsabilidad de vivir. De esas cosas que te hacen pararte a pensar y te dejan dándole vueltas a la cabeza incluso después de terminar de leer. Me ha parecido una auténtica preciosidad, Ramonika. ¡Qué bonito escribes, hija! Un beso y un abrazo enorme.

Gabriel Altamirano
hace una hora

Pocas cosas tienen tanto valor como una madre que enseña con amor y habla desde la experiencia. Estoy seguro de que estas palabras serán un tesoro para su hija. Excelente su espacio literario.

Alex Sanzel
hace una hora

Ramonika, qué grande eres, tía. Hay mucha verdad en lo que has escrito. Al final, querer de verdad es eso, darlo todo sin pretender vivir la vida de nadie. Y tú lo cuentas con una sensibilidad que llega, joder. Me ha gustado mucho leerte. ¡Un besazo, guapa!